Tras el Ventanal

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En una ofensa directa a lo establecido, pretendo no ser parte del muro. Me desafío a avanzar junto con la arremetida, buscando entre oscuros troncos torcidos el método más rápido para olvidar el hedor de un peso marchito, perder el control y ser partícipe de la agresión. Toda ira es permitida con tal de consagrar el valor de un cimiento diferente. Una promesa que permite dilucidar con ojos diferentes, el filo tras la empuñadura al decidir arrancarlo todo.

La duda surge en la medida en que sustraigo los trozos de mi rostro trizado, sintiendo el latido del piso tangente al murmullo de un destino incierto.

De manera inconsciente, caigo en el brillo de ojos inocentes, tratando de descifrar su misterio, a la vez que juego en esta cruel danza de llamas, a la espera del hálito libertador y del calor vehemente de una mente en fantasías.

Por el sendero, una delgada línea me separa de esa elevada luz centelleante que revela las imágenes que acompañan mi sueño, en espera de que no menciones mi nombre ahora, sino por la mañana, al momento de despedirnos; de que no menciones los focos pardos que caminan por la noche, sino que seamos parte de los astros. Ver, por unos instantes, un paraíso sobre la tierra, escenario de la unión de dos flamas incandescentes.

Bajo la tutela de las alas de un ave silente, los granos del tiempo caen buscando, de manera errática, convertirse en el reverso de una moneda de cobre, trepar en el vacío y cruzar el camino de agua en un descalzo andar, para que, al momento de callar los pasos, confesar que todo espacio es nuestro.





Réplica Evidente

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En un camino sin rumbo, perdido en fantasías y estimulado por el ruido ajeno, el carruaje grisáceo que yo mismo he decorado cruza, de manera desbocada, delante de mis luces alienadas del mundo tangible. Silbidos en mis oídos reflejan al viento opositor que atrae las lágrimas que con tantas ansias he esperado, para regocijarme en su velo y buscar mi sombra indefinida.

Una flor de blancos pétalos se cruza en mi sendero para dilucidar conflictos. Demuestra, por sí misma, que hasta la más simple porción de la creación perfecta se aferra, en su fragilidad, a la vida: abre el ventanal y permite la entrada de la luz de lo evidente.

Poseer ojos ciegos a la belleza del don preciado de lo simple y natural convierte en un iluso la búsqueda de la comprensión de la complejidad del hombre.


Reflejo en Sombra

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Con la mirada perdida en ese punto fijo, el peso sobre los hombros se hace cada vez mayor. Las rodillas apenas se sostienen a causa de responsabilidades no solicitadas, mientras el sabor ácido escudriña, a plena voluntad, entre vísceras contraídas.

Sobre el cristal se dibuja un rostro demacrado que no pide explicaciones al paso cansino de las eventualidades. Solo se mantiene inerte, aparentando estar a la espera de que las voces de la razón y lo abstracto logren, de común acuerdo, encontrar un punto equidistante.

Frente a la propia mirada despectiva, el avanzar pierde sentido. El compromiso espiritual no se cumple, y no se es más que un contenedor con forma humana.



Castillo de Naipes

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A estas altas horas, todo se ve muy oscuro. La gélida luz que entra por el ventanal me acoge bajo un marco de sombras, mientras descubro que una solitaria lágrima se confunde con el sudor frío a la altura de mi mejilla.

Las campanadas de una procesión fúnebre se acercan, haciendo compañía a una interminable hilera de tenues llamas azules que se mezclan con la niebla. Poco a poco, me veo a mí mismo como partícipe de este festejo decadente, cubierto por un manto púrpura y tratando de comprender el sentido de los epitafios.

Imágenes difusas colapsan en mi frente, generando un desfile interminable de colores. Es esa voz infantil la que se ríe de las ilusiones que ayudaste a crear. Poco a poco edificaste mi querer como un castillo de naipes, pero, de un soplo, lo destruyes. Con tu pasión quemas las cartas, manchas mi orgullo y me obligas a odiarte.

Primera Noche

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Tambores golpean rítmicamente mis tímpanos; cuerdas corroídas desmenuzan cuerpos abatidos y se sacian con su sangre, mientras dedos se deslizan, flotando, sobre un lago sanguinolento. Es una manera diferente y perversa de interpretar una danza.

No tienes que imaginarlo, sólo míralo... se encuentra frente a ti la hermosa dama vestida de noche sin estrellas, que te observa con su seductora sonrisa, en espera de que abras la boca para alimentarse de ti y así mantener la belleza y frialdad de su tez de luna.

El canto agonizante de niños petrifica el corazón y congela tu espalda, pero se vuelve nada cuando el fuego iracundo quema tus entrañas y eres victimario frente a mentes inocentes, desorientado por un poder superior. Terminas siendo otro mártir que limpia el camino de basura hasta llegar a un objetivo concreto.

El cielo está llorando... las lágrimas caen con el peso de tus culpas.