Consecuencias de Ti

|

A razón de que a simple vista este ardor es más fuerte que cada uno de nosotros, mis anhelos insatisfechos persiguen un nuevo horizonte: beber cada gota de este elixir agridulce una vez que mis raíces se apeguen a las tuyas. Embriagarme hasta el ahogo de esta grave infusión, en la medida en que sigo necesitando que tu figura no sea producto solo del imaginario.

Bajo esta fútil mascarada se esconde la triste marioneta de un mísero mentiroso que se escuda en la excusa del temor; una suerte de cáncer eterno que nunca descansa de propagarse, que no cesa de consumirte y se alimenta del verte perecer. Soy un intento de sobreviviente bajo la sombra de tus faldas... un accidente de esta libertad en pedazos.

Solo queda extraviarme en las inestables emociones que solo tú logras que existan. A fin de cuentas, al igual que un niño que insiste en jugar con su proyección en un espejo, busco seguir bebiendo

Se Alza el Vuelo

|

Detener la marcha, solo para que cálidos dedos calmen el compás del agitado corazón de esta alma, más soñadora que indecisa. Perdonarse a sí mismo es consagrar la directriz de un sendero con norte seguro, el mismo que está descrito en aquel mapa que, al parecer, he olvidado de forma deliberada; el mismo que no tiene atajos ni pistas rápidas.

El centro desarticulado rueda descontrolado, sin mayor compromiso que el de perderse. Ecos pretéritos interrumpen la niebla para dejar en evidencia los propósitos.

El desierto vuelve a tierra fértil. Las extremidades se consolidan en el cielo blanco donde el cuerpo pierde su forma de manera gentil. El viento golpea bajo alas incineradas que han aprendido nuevamente a alzar el vuelo... a su paso desprenden carbón, pero aún no se cansan de volar.

Que los fragmentos de ceniza caigan, opongan esa escasa resistencia y traten de llegar a mis alturas... pocas veces se me ha visto más seguro.

Fase de Cambios

|

Bajo el amparo de doradas y extendidas alas extravagantes, el cielo se dibuja ínfimo a los pies de carne mortal.

Al fin, con una perspectiva diferente a través de la retina de un alma libre de cadenas, es posible describir el color purpúreo del resplandor que azota los cimientos de granito de la representación en piedra del soldado, quien reconoce a su propio rostro como a un extraño bajo el escudo que se desmorona poco a poco, a pesar de sus brazos subterráneos.

Tras un pálido velo de temor, aunque no se apetezca, las cosas tal cual las conocemos están cambiando.

Dragón Demonio

|

El viaje ha sido largo. La montaña se alza aún más imponente de lo que había trazado mi imaginación... los relatos se han quedado cortos. Tras matices fugaces de un cielo ardiendo, la sombra espeluznante del gran árbol previene a los pasos del viajero incauto con su tronco trizado y ramas cubiertas de ceniza. El carbón se respira en este sendero lúgubre; el aire se hace escaso y el metal me sofoca.

Tras largos días, finalmente la entrada a la gran caverna se revela a mis sentidos. Un viento gélido recorre de extremo a extremo una ya encorvada columna, vestigio en carne del agotador viaje. En lenta marcha, paso a paso, el empedrado castiga mis piernas; alzo la vista sólo para divisar cómo, con brazos extendidos, me dan la bienvenida pútridos cadáveres cubiertos de armaduras carcomidas por el óxido. A mis adentros cuestiono la utilidad real que puedan ofrecer las cotas de malla, los cobertizos de cuero o cualquier tipo de arsenal.

Ya no son solo restos humanos, sino las osamentas de enormes fauces incineradas y desgarradas por fieros colmillos las que deben triturar mis pies para lograr avanzar. Mi corazón late cada vez más fuerte - tan fuerte como nunca antes lo ha hecho - mientras el sudor frío hace que mis temblorosos dedos resbalen por los escarpados muros, cuyas coyunturas bajo la tenue luz semejan rostros agonizantes.

¿En qué momento el simple escudero logra el privilegio de llevar tal flamante armadura y verse preparado para ser asesino de dragones? Los años de adiestramiento se vuelven nada bajo este hedor sofocante.

Ya en lo profundo, las murallas se tornan color crepúsculo, el suelo tiembla, el aire se incinera, y ese par de enormes ojos hirvientes en sangre se levantan sólo para encontrarse con los míos fijamente. Es en este momento, en el cual estamos sólo yo y esa descomunal criatura - tan disímil a mis peores pesadillas -, que comprendo al fin el enfado de mi padre y su deseo incansable de que no siguiese sus pasos, aun en su lecho de muerte. A fin de cuentas, aquel gran héroe que inspiró grandes relatos y las más alegres canciones no actuaba en busca de gloria, placer o títulos nobiliarios, sino que simplemente se encargaba del trabajo que nadie más se atrevía a hacer en una comunidad de charlatanes y cobardes.

Cierro los ojos... busco el favor de Dios... no hay más dudas... no hay nada más que perder... la incógnita es si el filo de mi fiel espada será capaz de atravesar el acero.