Réplica Evidente

|

En un camino sin rumbo, perdido en fantasías y estimulado por el ruido ajeno, el carruaje grisáceo que yo mismo he decorado cruza, de manera desbocada, delante de mis luces alienadas del mundo tangible. Silbidos en mis oídos reflejan al viento opositor que atrae las lágrimas que con tantas ansias he esperado, para regocijarme en su velo y buscar mi sombra indefinida.

Una flor de blancos pétalos se cruza en mi sendero para dilucidar conflictos. Demuestra, por sí misma, que hasta la más simple porción de la creación perfecta se aferra, en su fragilidad, a la vida: abre el ventanal y permite la entrada de la luz de lo evidente.

Poseer ojos ciegos a la belleza del don preciado de lo simple y natural convierte en un iluso la búsqueda de la comprensión de la complejidad del hombre.


Reflejo en Sombra

|

Con la mirada perdida en ese punto fijo, el peso sobre los hombros se hace cada vez mayor. Las rodillas apenas se sostienen a causa de responsabilidades no solicitadas, mientras el sabor ácido escudriña, a plena voluntad, entre vísceras contraídas.

Sobre el cristal se dibuja un rostro demacrado que no pide explicaciones al paso cansino de las eventualidades. Solo se mantiene inerte, aparentando estar a la espera de que las voces de la razón y lo abstracto logren, de común acuerdo, encontrar un punto equidistante.

Frente a la propia mirada despectiva, el avanzar pierde sentido. El compromiso espiritual no se cumple, y no se es más que un contenedor con forma humana.



Castillo de Naipes

|

A estas altas horas, todo se ve muy oscuro. La gélida luz que entra por el ventanal me acoge bajo un marco de sombras, mientras descubro que una solitaria lágrima se confunde con el sudor frío a la altura de mi mejilla.

Las campanadas de una procesión fúnebre se acercan, haciendo compañía a una interminable hilera de tenues llamas azules que se mezclan con la niebla. Poco a poco, me veo a mí mismo como partícipe de este festejo decadente, cubierto por un manto púrpura y tratando de comprender el sentido de los epitafios.

Imágenes difusas colapsan en mi frente, generando un desfile interminable de colores. Es esa voz infantil la que se ríe de las ilusiones que ayudaste a crear. Poco a poco edificaste mi querer como un castillo de naipes, pero, de un soplo, lo destruyes. Con tu pasión quemas las cartas, manchas mi orgullo y me obligas a odiarte.

Primera Noche

|

Tambores golpean rítmicamente mis tímpanos; cuerdas corroídas desmenuzan cuerpos abatidos y se sacian con su sangre, mientras dedos se deslizan, flotando, sobre un lago sanguinolento. Es una manera diferente y perversa de interpretar una danza.

No tienes que imaginarlo, sólo míralo... se encuentra frente a ti la hermosa dama vestida de noche sin estrellas, que te observa con su seductora sonrisa, en espera de que abras la boca para alimentarse de ti y así mantener la belleza y frialdad de su tez de luna.

El canto agonizante de niños petrifica el corazón y congela tu espalda, pero se vuelve nada cuando el fuego iracundo quema tus entrañas y eres victimario frente a mentes inocentes, desorientado por un poder superior. Terminas siendo otro mártir que limpia el camino de basura hasta llegar a un objetivo concreto.

El cielo está llorando... las lágrimas caen con el peso de tus culpas.